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Este blog pretende buscar en el lado más oscuro de mi mente, la luz que me ayude a poder compartir mis miedos, mis emociones, mi angustia , mi libertad para poder gritar, llorar y maldecir, y con ello,  llegar a la luz de poder volver a ver el atardecer , y saber que el día siguiente, es en el que encontrare la sonrisa verdadera.

Mi primer pequeño relato compartido

No somos más que la consecuencia de las experiencias que van marcando nuestra vida. Para lo bueno y para lo malo.

Primavera de 1981. No cojees.

Zapatos nuevos y calcetines de hilo: mala combinación. Tenía seis años y aquel domingo volvía de Misa cogida de la mano de mi abuela paterna. El pie comenzó a sangrar. “- ¿Por qué cojeas? ¡Anda recta!”. Severa y contundente, como era ella. Me sacudió el brazo con tanta fuerza que casi me dio miedo hablar “- Abuela, ¡tengo sangre!”. Se paró a mirar el calcetín ensangrentado y ni se inmutó. Seguimos caminando. Yo seguí cojeando.

“- ¡Te he dicho que andes recta!”, gritó enfurecida. “- ¡Cojees o no cojees, te va a doler igual y a nadie le importa lo que te pasa en el pie!”.

Me concentré tanto en caminar erguida que el dolor casi pasó a un segundo plano. “Anda recta, anda recta”, repetía una y otra vez dentro de mi cabeza.

Ese día, grabado en mi recuerdo, mi abuela me dio una gran lección. Aprendí que quejarse no sirve de nada, a no rumiar, a ser capaz de dominar el problema…

Hoy sigo caminando recta.

 

12 de septiembre de 2019. El caos.

Mientras buena parte del país estaba sumido en el caos a consecuencia de una brutal DANA, yo veía la lluvia caer al patio interior del hospital. Tensa. Con la cabeza a caballo entre las dañinas consecuencias de la situación atmosférica y la realidad aplastante que me había llevado allí.

“-Lo que veo es preocupante”-. Habló el doctor.

¿Ya está? ¿Sólo una frase? ¿Qué significa preocupante? ¿Tengo cáncer? ¿Lo hemos cogido a tiempo o no? ¿Me voy a morir?

“-Hay que hacer más pruebas”-. Y no conseguí sacarlo de ahí.

La imaginación es tan peligrosamente libre…

No quería irme de allí. Quería que me hicieran las pruebas ya. Saber ya. Solucionarlo ya. Todo ya.

Pero todo ya, no fue.

 

26 de septiembre de 2019. Primera cita. El diagnóstico.

Hasta llegar aquí pasaron dos semanas de pruebas, visitas médicas, poca información y mucha preocupación. Hice un esfuerzo importante por controlar las emociones. Seguía trabajando y me negaba a venirme abajo. No sé si conseguí disimular lo suficiente.

Cuando llegaba a casa y me metía en la ducha, entonces…, entonces era otra cosa. Lloraba y lloraba. Y lloraba más. No podía ser. No me podía estar pasando a mí. Otra vez no.

Me citaron doblemente el 26 de septiembre. A primera hora era para darme los resultados de la mama izquierda.

Y llegó el momento.

“- Tienes cáncer de mama”

No lloré. Tenía tantas preguntas como miedo a las respuestas.

“- Está tan avanzado que tendremos que operar primero. Te realizaremos una mastectomía radical. Después recibirás tratamiento. Tenemos que seguir haciendo pruebas”.

Sólo me atreví a hacer una. “- ¿Lo hemos cogido a tiempo?”- No me salía la voz del cuerpo. La cabeza iba y venía entre mis hijos y el recuerdo de mi padre. Sabía perfectamente de lo que estábamos hablando.

“- Tengo pacientes que siguen en revisión diez años después”-.

Muy hábil doctora. Acepto pulpo como animal de compañía.

La enfermera me despidió en la puerta “-Que tengas mucha suerte, hija”. Lo dijo de corazón.

“-Soy una mujer con mucha suerte. Siempre la he tenido”-. También lo dije convencida.

 

26 de septiembre de 2019. Segunda cita. La otra prueba.

Sin tiempo a digerir la noticia y ya estaba enfrentándome a otra situación igual de desagradable. Tocaba la mama derecha. Iban a realizar por primera vez esa prueba con la nueva máquina donada por Amancio Ortega (gracias, siempre).

Me esperaba un ejército entre médicos, enfermeros, técnicos y qué se yo… Estaba tan asustada que ni siquiera sentí vergüenza.

No sabría explicarlo de forma técnica, pero básicamente, me ensartaron el pecho a la máquina con una aguja descomunal, extrajeron dos bultos, limpiaron y cosieron. Se me hizo eterno.

“-No mires”-. Había una enfermera encargada de mantener mi vista alejada de lo que me estaban haciendo. Pero miré.

Aguanté el tipo. Lo hice y ya está. Y cuando ya estaba terminando de vestirme apareció el enfermero en la puerta. “-Cuando vuelvas a casa ya puedes decirle a tu familia que eres una valiente”-. Levanté la vista al techo mientras me ponía la camiseta. No quería llorar. “-Ellos me están esperando para comer. Hoy es mi cumpleaños”-.

 

26 de septiembre de 2019. Mi cumpleaños.

Ese día mi madre recogía a mis hijos del cole y me esperaría en casa para comer. Me hizo pollo en salsa, mi comida preferida.

Manuel y yo llegamos por separado. No podían sospechar nada. Aún no. No era el momento.

Se extrañó cuando me vio aparecer tan pronto. “-Me he escapado antes, mami, que se note que es mi cumpleaños ¿no?”-.

Anda recta. No cojees.

Sin embargo, tuve que esconder la cabeza cuando tras el desafinado “cumpleaños feliz” fui a soplar las velas y mi hijo pequeño, con esa inocencia tan pura gritó “-¡Pide un deseo, mami!”-.

Curarme. Pido curarme. Sólo quiero curarme y veros crecer…

27 de septiembre de 2019. Hay que contarlo.

Había llegado el momento de comenzar el difícil proceso de comunicarlo a mi entorno.

Evitaba pronunciar la palabra cáncer. Tampoco hacía falta. El discurso siempre era el mismo. Me habían encontrado un bulto en el pecho, no era bueno y lo tenían que quitar. Me pondrían tratamiento para asegurarse que todo quedaba bien limpio y ya está. Sin dramas.

Contaba la versión de la historia que quería que creyeran, sabiendo el daño que causaba a quien lo estaba escuchando, removiendo vivencias pasadas, aguantando reacciones de todo tipo, manteniéndome serena para que no me vieran quebrarme. Y lo hacía una y otra vez. Y otra. Y otra.

Tuve que contarle a mi madre y a mis hermanos, que habíamos sufrido la pérdida de mi padre por culpa del cáncer, que yo también lo tenía. Mirarlos a los ojos. Entender su pena. No poder hacer nada por evitarlo.

Tuve que contarle a mi hijo, preadolescente, que conocía perfectamente la enfermedad porque se había llevado la vida de mi amiga, la madre de su mejor amigo, que yo también la tenía. Aferrarme a él intentando absorber su miedo y su dolor. Deseando con todas mis fuerzas no hacerlo pasar por esto.

Sabiendo lo que iba a venir y que convertiría sus vidas en una pesadilla.

Lo tuve que hacer. Y pasa factura.

Último viernes de septiembre de 2019. Akelarre.

Comenzó hace más de diez años como las típicas quedadas de mamis para que sus hijos jueguen en el parque y se acabó convirtiendo en un sólido grupo de amigas. Confidentes.

Cada viernes, a las seis de la tarde hora torera, vamos apareciendo por la poco glamurosa cantina del campo de fútbol del equipo local. No hace falta quedar.

Somos doce. Totalmente distintas en todos los sentidos.

Aprovechamos los raticos para escupir miserias, pedir consejo, contar problemas que en minutos dejan de serlo y todo sin dar rodeos ni tener que aparentar. Hablamos mucho y nos reímos más. Son mi válvula de escape.

Íbamos por la segunda o tercera ronda de quintos. No lo recuerdo bien. Y lo solté.

“-Tengo cáncer de mama”.

Silencio. No siguió ningún gesto de compasión, ni intento de decirme lo que tenía que hacer. Enfado. Rabia. Una patada a la mesa y muchos tacos en voz alta. Lloramos juntas.

Una de ellas levantó el quinto.

“-¡Porque todo va a salir bien!”.

“-¡Salud!”.

Primera semana de octubre de 2019. Hasta aquí!.

La noticia corrió como la pólvora y enseguida me vi enganchada al teléfono. Es increíble la cantidad de gente que se puso en contacto para interesarse por mí.

Gracias, una y un millón de veces más, por todas las muestras de cariño y apoyo.

Fue como un tsunami. Empezó poco a poco y terminó arrasándolo todo.

Se convirtió en rutina. Dejaba a los niños en el cole, me sentaba a responder WhatsApp y devolver llamadas. Prácticamente no hacía otra cosa en todo el día.

Iba a dos manos. Por un lado, mi móvil privado. Por otro, las llamadas al teléfono de empresa. Se mezclaban asuntos del trabajo con mensajes de ánimo. A veces, los compañeros que no sabían que ya no estaba en la oficina y entonces se hacían los silencios incómodos y terminaba dando todas las explicaciones.

Era de todo menos sano estar repitiendo una y otra vez lo mismo. Día tras día. Me estaba asfixiando. No podía más.

Una tarde decidí que ya era suficiente. Le di mi móvil personal a Manuel. El móvil de empresa, directamente lo apagué.

Me había liberado.

Segunda semana de octubre de 2019. Coger al toro por los cuernos.

Todo pasa por algo.

A veces la vida viene y te da un guantazo con la mano abierta que te sienta de culo. Y según lo veo yo, tienes dos opciones. O quedarte en el suelo lamiéndote las heridas. O mirar alrededor, buscar cómo levantarte y aprender de lo que te ha pasado.

Llegados a este punto tengo que quejarme en voz alta. La vida ya me había dado algún que otro guantazo, demostré que sabía levantarme, aprendí a valorar lo importante… Sinceramente, esto no era necesario.

En fin. Aquí estaba y ahora tocaba prepararme para lo que venía. Una vez solucionado el agobio social me centré en cambiar mis hábitos. Mens sana in ¿corpore sano?. Cuidé la alimentación y comencé a hacer deporte, por primera vez, desde que terminé el instituto.

Manuel me acompañaba siempre que podía. Me hacía apretar los dientes y llegar más allá de lo que me creía capaz.

Y cuando él no venía, era mi mente juguetona quien me retaba “Si llego al árbol del fondo sin pararme, me curo. Si no lo consigo, moriré”.

¡Y vaya que si llegaba!.

Y me convertí en dragón.

El ser adulto tiene la mala costumbre de tirar a un cajón momentos que fueron importantes y terminan pasando al olvido. Yo debo tener una tara en ese sentido porque soy capaz de traer al presente recuerdos de mi niñez más temprana. A veces los despierta un olor. Otras una frase o un objeto. No se quedan en simples escenas, sino que vienen acompañadas de los sentimientos que experimenté. Las revivo de nuevo.

El colegio era territorio comanche. Decenas de vidas distintas encajándose entre sí. Para la mayoría de los padres son deberes y exámenes. Yo lo recuerdo distinto. Lo fundamental era sobrevivir. Aprendí a aceptar derrotas. El rechazo. Saboreé el liderazgo. Luché por mantener mi territorio. Me enfrenté, como todos, a gestionar mis emociones sin que nadie me dijera cómo. Un esfuerzo faraónico. Y lo hacemos completamente solos.

Pero cuando sonaba la campana… Sabía que allí me estaría esperando ella. Mi dragona. Protectora. Capaz de desplegar sus alas y comerse a quien se le ocurriera hacerme daño. Y los días malos me agarraba a su mano y volvía a casa sintiéndome segura. Feliz. Con una paz infinita.

Mis horarios profesionales impedían que pudiera recoger a mis hijos del colegio. Sentía que les estaba fallando de algún modo.

Pero ahora sí tenía tiempo.

El día que el pequeño me vio en la puerta del cole por primera vez, se convirtió en todo un acontecimiento –“¡Ha venido mi madre! ¡Es mi madre! ¡Chicos, mi madre está ahí!”-. Eufórico. Algunos padres lo miraban divertido. No dejó de gritarlo hasta que me alcanzó y se quedó abrazado a mí. Fuerte. Muy fuerte.

Deseo cumplido.

15 de octubre de 2019. Dejar al maestro obrar

Ya me habían visto dos cirujanos plásticos para revisar mi caso y tomarme medidas. Esa mañana tenía cita con el que definitivamente me iba a operar.

Lo noté tan inmerso en su trabajo que casi ni me miró a la cara.

¡Ah no! Me niego a ser una más. Si vas a estar conmigo en esto, te quiero con los cinco sentidos puestos.

Me explicó en qué consistiría la operación. Supongo que, para la inmensa mayoría de mujeres, esta intervención supone un trauma. Y lo entiendo.

Mi respuesta lo dejó algo descolocado.

-“No. No quiero que me pongas ninguna prótesis, ni expansor, ni nada. Dentro de veinte años, porque pienso estar viva dentro de veinte años, me tendrán que volver a operar para cambiarla y entonces tendré azúcar o problemas de tensión y no veo necesario morirme por culpa de una operación estética. Es más, también quiero que me quites el otro. Ya cumplieron su función. Un escote no me va a costar la vida”.

Lo dije tal cual lo pensaba…

-“Mira. Entiendo que ahora mismo estás muy asustada. No sé dónde vas a estar dentro de veinte años, pero lo que sí sé es que, dentro de dos, todo esto habrá pasado. Entonces te mirarás en el espejo, querrás recuperar tu aspecto anterior, vendrás a buscarme y no podré hacer nada por ti. Hazme caso”.

Sigo sin tenerlo claro.

24 de octubre de 2019. Ni para ti, ni para mí.

El anestesista, un tipo muy divertido, contaba una anécdota algo picante que me niego a reproducir. Solté una carcajada.

-“¿Qué haces aún despierta? A que te duermo…”

-“A que no”.

No recuerdo nada más.

En cuanto desperté noté los vendajes. Me hicieron una placa del pecho. Adormilada los oía discutir sobre si se veía algo. No tardaría en descubrir de qué se trataba.

Mi obsesión eran los ganglios. Al final quitaron un poco de aquí y de allá. No muy afectados pero, afectados al fin y al cabo.

No me escaparía de la radioterapia.

25 de octubre de 2019. Vuelvo a casa.

Por una cuestión de espacio, estaba en una planta del hospital que no me correspondía. Cuando a media mañana pasaron los médicos me encontraron sentada, devorando un bocadillo de tortilla de patata y riendo con mi madre.

Me revisó.

-“Te veo muy bien. Te voy a dar el alta”.

Me pilló un poco por sorpresa. No hacía ni 24 horas que me habían operado. Temía sentir demasiado dolor si me quitaban la medicación por suero. Además, me costaba un poco respirar. Se lo dije.

-“Es normal. Eso es por el vendaje”.

Quitaron sueros y sonda. Me explicaron cómo manejarme con los drenajes.

Y para casa.

26 de octubre de 2019. La fiera se ha escapado.

Los titos se llevaron a mis hijos para que pudiera descansar. Y menos mal, porque de estar en casa, seguro que hubiera aguantado más.

Desde que salí del hospital no había eliminado líquidos y estaba muy hinchada. Llevaba puesto un chándal de Manuel porque era incapaz de meterme mis pantalones. Después de comer ya no pude más.

-“Llévame a urgencias. No me encuentro bien”.

Protestó un poco. También estaba agotado con tanto lío y necesitaba descansar. Insistí.

En urgencias del maternal primero forzaron la eliminación de líquido y luego intentaron que mi cuerpo funcionara por sí solo. Estuve horas. Fracasaron y no me encontraba mejor. La doctora era muy, muy joven. Valoraron si dejarme una sonda puesta o mandarme a casa y hacer que volviera al día siguiente. Me costaba respirar. Se lo dije.

-“Eso es por el vendaje”.

Decidió mandarme a casa. Imaginarme otras 24 horas así me angustió.

Y no sé ni cómo, pero la fiera que llevo dentro se escapó de su jaula.

-“No pienso irme de aquí hasta que solucionéis el problema. Me encuentro mal. Y cuando digo que estoy mal, es que estoy muy mal”.

La enfermera experimentada le dio la instrucción a la doctora. Casi susurrando.

-“Mándala al General”.

26 de octubre de 2019. Si Botero me viera…

El enfado iba en aumento y mi malestar, aún más. Entré a la sala de triaje de urgencias del Hospital General y protesté. Protesté mucho. Protesté porque consideraban un nuevo ingreso y empezaba desde cero. Ya llevaba cinco horas allí. Quería soluciones. Quería irme a mi casa.

La fiera seguía suelta.

En pie, agitada e indignada, mientras intentaba explicarme, me bajé los pantalones a los tobillos para que la doctora me viera. Parecía una escultura de Botero. Mis piernas estaban tan hinchadas que era incapaz de doblar las rodillas y sentarme.

Ella me miraba, escuchando atenta sin decir nada, hasta que se dirigió a Manuel.

-“¿Desde cuándo respira así?”.

Contesté yo. Repitiendo, cansada, lo que no paraban de decirme y ya creía obvio.

-“Es por los vendajes”.

-“Voy a hacerte una placa. Para eso no tendrás que esperar. Pero hoy estamos con bastante lío, así que hasta dentro de un par de horas no creo que podamos verte”.

Resignación.

26 de octubre de 2019. Esto no me puede estar pasando…

Volvía por el pasillo de hacerme la placa y vi a lo lejos mi número en las pantallas. Pensé que era un error. Debajo, la doctora que me había visto, acompañada por un celador y una silla de ruedas. No esperaron a que llegara.

-“Sube”.

Entré en un inframundo. Alguien me dijo una vez que todos tenemos una fecha de caducidad y que, si la conociéramos, nos volveríamos locos. Aquel lugar me recordó que yo también tenía una.

En cuestión de segundos tenía tanta gente alrededor de la cama, que casi ni cabían. Cerraron las cortinas. Ropa fuera, vías, sueros, mil aparatos conectados… Velocidad de vértigo. No sabía lo que estaba pasando.

Apareció la doctora y se agarró a la camilla. A su lado, Manuel con una bolsa de plástico en la mano, y que intuí, era mi ropa.

-“Estás muy grave. Tienes un neumotórax. No sabemos cuánto tiempo llevas así, pero por lo que nos cuentas, suponemos que mucho. Tu pulmón tiene ahora mismo el tamaño de una naranja (vaya, vaya, con que eran los vendajes, ¿no?) Te tenemos que intervenir ahora mismo. No tenemos tiempo de que haga efecto la anestesia. Hay que intentar que tu pulmón vuelva a su tamaño normal, cuanto más tiempo pase, menos posibilidades de conseguirlo”.

-“¿Y si no lo conseguimos?”- Demasiada información. ¿He oído que no me van a anestesiar?.

-“Entonces tendremos que quitarte el pulmón”.

Busqué a Manuel con la mirada. Seguía en la misma postura, cual estatua. Esta vez del color de la bolsa que llevaba en la mano.

Perdóname, amor, por todo el miedo que te he hecho pasar.

26 de octubre de 2019. ¡Muerde!.

En quirófano se movían con la misma rapidez que lo habían hecho en aquel sitio repleto de camas con gente a punto de caducar (no sé ni qué nombre ponerle).

Entonces me percaté de que me estaban cortando los vendajes.

-“¡No! Los cirujanos me dijeron que bajo ningún concepto destapara la herida. ¡Apartar las vendas, no me las quitéis!”.

Es increíble cómo consiguen hablar con tanta calma en momentos de tanta tensión.

-“Tranquila. Está todo controlado. Tú sólo tienes que estar tranquila y hacer lo que te digamos”.

Lo hacían todo rapidísimo. Mientras hablaba, me levantaron el brazo izquierdo y lo ataron al cabezal de la cama. Una de las cirujanas iba dando órdenes en plan telegrama: corta, ata, sujeta… Hasta que llegó la que iba dirigida a mí…

-“Muerde”.

Metió un rollo de venda en mi boca. Me estaban sujetando el cuerpo entre seis.

-“Ahora, no te muevas”.

Sentí cómo cortaron. Cómo introdujeron el tubo. Cómo escarbaban entre las costillas. Cómo iba atravesándome el cuerpo. Dolor. Mucho dolor.

Cuando salí del quirófano, parte de la familia estaba en el pasillo. Levanté los pulgares y simulé una sonrisa, cual estrella de Fórmula 1 a la que acaban de rescatar del siniestro. Sus caras lo decían todo. Creo que oyeron mis gritos, pese a tener la venda metida en la boca.

Las jeringas de morfina, pegadas con esparadrapo a los pies de la cama.

A esperar.

Del 27 al 29 de octubre de 2019. Y otra vez, cuestión de suerte.

El pulmón volvió a su sitio.

Los sedantes eran fuertes y pasaba día y noche medio adormilada. Todos los que intervinieron en la operación fueron pasando a interesarse por mi estado. Uno a uno. Susurraban intercambiando información con los médicos de planta, pensando que dormía, pero lo cierto es que me enteraba de todo: un ganglio que estaba en un sitio delicado, la pleura tocada, una arteria que se rompió, un alta médica que nunca debió darse sin su supervisión… Los cirujanos plásticos dejaron clara la orden: “No se va a su casa. Cuando se reponga la trasladamos a planta de cirugía plástica. Es donde tenía que haber estado desde el primer momento”.

Y así fue.

Una vez solucionado el neumotórax, hicieron el traslado. Me llevaron directamente a la sala de curas. Quitaron los vendajes. No voy a olvidar jamás la mueca que hizo la enfermera. Abrió los ojos como platos.

-“¡Por favor, no me mires así que me estás asustando!”.- Le sonreí y miré yo también. Me duró poco la sonrisa. La herida estaba completamente negra.

En menos de dos minutos tenía a seis cirujanos plásticos a mi alrededor. Semblantes serios.

-“Parece que tenemos necrosis”- El cirujano que me operó entró en cólera. Se desahogó subiendo el tono. En ese momento fui consciente de lo celosos que son de su trabajo.

¿Hola? ¿Alguien se ha dado cuenta de que sigo aquí? ¿Y cómo de grave es esto ahora?

-“¿Se puede arreglar? ¿Qué hay que hacer?”.- Me estaban pasando tantas cosas en tan poco tiempo…

-“Vamos a intentar solucionarlo. Esperemos tener suerte”.

¡Ah! ¡Bueno! Si dependemos de ese factor, dalo por solucionado.

Porque soy una mujer con mucha suerte.

Treinta y cuatro pasos.

Tanto si se quedaba mi madre en el hospital como si era Manuel, para mí, casi como si no estuvieran. Se pasaban todo el tiempo pegados al móvil contestando llamadas y mensajes. ¿Queréis dejarlo de una vez? ¡Permitiros el lujo de no quedar bien!

Así que yo a lo mío.

Había exactamente treinta y cuatro pasos desde mi habitación hasta la puerta doble que me separaba del resto del mundo. Tenía prohibido salir de allí, así que recorría el pasillo cientos de veces al cabo del día.

Cuando estaban de guardia los cirujanos más jóvenes, intentaba sobornarlos.

–“Si me dejas darme una vuelta por el hospital hago que te traigan una caja de Dunkin Donuts”.

–“Si te dejo salir a dar una vuelta por el hospital, voy a tener un problema con tu cirujano”-. No colaba.

-“¿Y si son de chocolate?”.- Por lo menos nos reíamos…

En menos de 48 horas ya conocía al pasillo completo. Llamó mi atención que todas las mujeres que estábamos allí, era por lo mismo. Me convertí en esponja. Me acerqué más a las que ya venían de vuelta y estaban en el proceso de reconstrucción. Necesitaba saber con detalle absolutamente todo lo que me iba a encontrar. He guardado como un tesoro cada uno de sus consejos y desde luego, mi aventura hubiera sido totalmente distinta sin ellos.

Un día, mientras cambiaba las vendas, fue la enfermera la que me dió la lección.

-“Ya has pasado lo peor”.

-“No, no. Es mi primera operación. Aún me queda la quimioterapia y la radioterapia y otra operación…”.

-“Pero lo peor lo has pasado ya. Lo peor es el principio, cuando te dicen que tienes cáncer y tienes que asimilarlo. Lo demás es todo físico”.

Pues ahora puedo decir que es una verdad como un templo. Sin que lo demás sea mejor, porque francamente es un proceso duro y requiere de gran fortaleza sobre todo mental, lo peor, con mucha diferencia, es masticar la noticia.

¿Me lo prometes?

Estaba leyendo, completamente sola en la habitación, cuando apareció mi cirujano. No llegó a entrar. Se quedó con los brazos cruzados apoyado en el marco de la puerta.

-“Me han dicho que estás intentando escaparte”.-

Me dio tanta vergüenza que no fui capaz ni de contestar, como cuando era niña y me pillaban haciendo alguna trastada. Ese hombre me imponía mucho. Lo había visto enfadado y no me invitaba a gastar bromas. Creo que era plenamente consciente de que mi actitud con él era muy distinta a la que tenía con el resto.

-“También me han dicho que quieres ir a la peluquería”.- ¡Estas enfermeras son muy chivatas!

Sonrió (¡Anda! ¡Sabe sonreír!). Le devolví la sonrisa.

-“¿Me prometes que vas a hacer todo lo que yo te diga?”-. Asentí. Fue lo único que me salió.

En la sala de curas me dio un curso acelerado. Como siempre, se sumergía enteramente en las puntas de sus dedos. Preciso hasta decir basta. Me detallaba cada paso, iba haciendo fotos con mi móvil para que tuviera claro el lugar exacto donde poner cada tipo de crema, cada apósito, la presión justa de las vendas…

-“Ahora tú sola”.

Aprobé con matrícula y dejaron que me fuera a casa. Eso sí, cada dos días tenía que volver para que comprobaran la evolución. No iban a permitir que me volviera a torcer.

Noviembre. Con buen humor

Día sí, día no, pasaba la mañana en las consultas externas de cirugía plástica y quemados. La sala de espera atestada de gente. Estaban siempre desbordados.

Siguiendo mi plan de “no ser una más del montón”, en un par de visitas conseguí empatizar con el equipo de enfermería. Intentaba hacer corto y divertido el rato en el que tenían que atenderme. La desesperación llegaba porque mi cirujano insistía en tratarme personalmente y siendo un tipo muy ocupado, a veces tenía que esperarlo durante horas. No me quejaba nunca. Los enfermeros me lo agradecían.

Estaba en medio de una de sus revisiones directas.

-“Dime. Del uno al diez, ¿cómo de bonita crees que me está quedando la cicatriz?”.- Solté la frase sin pensar e inmediatamente aguanté la respiración. ¿Me he vuelto loca? ¿Cómo se me ocurre decirle eso?

Levantó la mirada sorprendido. Vaya, vaya… así que he sido capaz de sacarte del lugar ese al que vas cuando estás haciendo tu trabajo…

-“Muy bien”- Seguía descolocado- “Hemos conseguido parar la infección. Es una muy buena noticia. Estás cambiando la piel y todo debajo parece estar perfecto”.

¿Ves? Te dije que era una mujer con suerte.

A partir de aquel día dejaron de citarme en consultas externas y pasaron a revisarme directamente en planta. Se acabaron las largas esperas. Las enfermeras me llamaban, cariñosamente, “la chica vip”.

5 de diciembre. Sí sé quién eres.

El gran Luis Aragonés, confesaba en una entrevista que memorizaba los nombres de pila de los árbitros antes de cada partido. Así, cuando desde la banda los llamaba por su nombre, conseguía captar mejor su atención.

Me pareció una idea interesante y la llevé un poco más allá. Cada vez que tenía que atenderme un nuevo especialista, buscaba previamente toda la información posible.

-“Tú aún no sabes quién soy yo, pero yo sí sé quién eres tú”.- Fue la primera frase que me dijo.

Buena entrada, pero está usted muy equivocado, doctor. Sé perfectamente quién eres, tu trayectoria profesional, en qué proyectos estás metido y hasta por qué decidiste dedicarte a la oncología.

Repasamos mi historial médico. Me dio la impresión de que era un tipo bastante simpático. También que intentaba que me relajara y hacerme el mal rato más ameno. Me recordó a mí misma cuando profesionalmente sabía que iba a hacer pasar a un trabajador por un momento difícil. Me pregunté hasta qué punto su discurso era espontáneo o ya estaba orquestado.

Empezó a hablarme del tratamiento, y sus efectos, quitándole mucha sal.

-“Seguro que te han contado muchas cosas, pero no hagas caso de nada. La medicina ha avanzado mucho. Hoy día [bla, bla, bla…]”.

No sé en qué momento dejé de escuchar. Pronto. Aquel edificio, aquella planta, aquel despacho… Volvía a vivir todo otra vez. Me pareció justo poner las cartas sobre la mesa.

-“Sé lo que me espera»- Interrumpí -«De algún modo, ya he pasado por esto. Mi padre murió de cáncer”.

Dejó de hablar. Me dedicó una mirada muy larga. Nos lo dijimos todo, ambos, sin decir nada.

-“Entonces, ¿tienes alguna pregunta?”.

-“Sí. ¿Me voy a curar?”.

-“Es probable”. – De nuevo silencio y mirada sostenida.

Me encantó la frase con la que me despidió.

-“Voy a estar a tu lado todo el tiempo”.

Feria de septiembre de 2002. Mi coleta a cambio de una sonrisa tuya.

Mi abuelo materno era un apasionado taurino y terminó contagiando a mi padre. Los acompañé por primera vez a los toros un día de feria de septiembre de 1978. Estaba a punto de cumplir cuatro años. El susto que me di fue tremendo cuando vi al torero arrodillado en el suelo capote en mano, se abrió la puerta y salió un pedazo de toro corriendo a por él como si no hubiera un mañana. Intenté escalar a mi padre convencida de que el toro subiría por la grada y vendría también a por mí.

No me gustó y no quería ir nunca más.

Llegó la feria de 2002. En casa estábamos lidiando con otro toro y a este sí que había que tenerle miedo. Mi padre tenía cáncer y acababa de empezar con la quimioterapia. A su malestar generalizado se unió la pérdida del pelo. Él no lo hablaba, pero le afectó tanto que prefería que no lo vieran. Se quedaba en casa. Y a mí me dolía.

Cuando se te ocurra una cosa y creas que es buena, ponla en práctica pronto. Sin pensarlo mucho salvo para hacerla crecer, aprovechando la inercia del momento. O corres el riesgo de vivir a medias.

Conseguí entradas. Me fui a El Corte Inglés y compré dos gorras tipo pichi. De ahí a la peluquería a cortarme el pelo. Corto, corto. Hay cosas bastante más valiosas para mí que el pelo.

Cuando abrí la puerta de casa y me vio entrar, su cara fue un poema. Saqué las gorras de la bolsa, me coloqué una y le tendí la otra.

-“Ponte guapo que nos vamos a los toros”.

Me regaló una carcajada.

Que sueñes con estrellas brillantes

En contra de lo que cualquier especialista aconseja, confieso sin que me importe, que he malcriado a mis hijos a la hora de irse a dormir. Lo he hecho porque lo necesitaba yo. Sin más.

Y es que el ritmo de vida, poco a poco y casi sin que me diera cuenta, me empujó a consumir cada vez más el tiempo en cosas necesarias, pero no importantes. Víctima de querer abarcarlo todo.

Así que cuando llegaba el momento de dormir, les dedicaba el rato que no había tenido durante el día. Nunca di una orden de ir a la cama sin incluirme. “Vamos a dormir”. Los metía en la mía o me iba a la de ellos. Entonces nos contábamos cosas. Me preguntaban si me había comido todo el bocadillo en mi recreo o si había jugado a las princesas. Repasábamos la tabla del tres, inventábamos rimas o jugábamos al veo, veo. Un millón de cosas cada noche. La importancia de hablar y escuchar. Hasta que era testigo de su respirar profundo.

Cada uno de ellos ha tenido su peculiar forma de actuar durante esos segundos previos a hundirse en el sueño. El mayor se acomodaba y con voz lenta me pedía “mami, ahora habla tú”. El pequeño se pegaba a mí, me acariciaba el pelo y susurraba un “abrázame”.

Me acariciaba el pelo…

La experiencia es un grado.

Recuerdo con mucho dolor lo mal que lo pasó mi padre. Es algo que he tenido siempre presente. Tenía que intentar que mis hijos vivieran todo esto de otra forma.

Los fui preparando. Despacio. Sin dramas. Pero claro… una cosa es contárselo y otra bien distinta convivir con la enfermedad. Yo eso lo sabía bien.

Me quieren. Y como me quieren, se lo hubiera contado antes o no, les iba a preocupar verme vomitar, sin fuerzas. Se iban a asustar cuando fueran percibiendo el cambio físico tan impactante, porque en muy pocas semanas, su madre iba a dejar de ser su madre.

Es lo peor de todo este proceso. Hay pocas formas de disimular el deterioro físico del tratamiento.

Cuando le contaba al pequeño que me iban a cortar el pelo, sencillamente, entraba en cólera. Fui consciente de que para él era muy importante cuando cada día, al volver del cole, me empezó a preguntar si había ido al hospital. Una de las veces, al responderle que sí, se le escapó un “¡Uff, menos mal!”

-“¿Menos mal qué?”

Y con los ojos llorosos me respondió.

-“Que hoy tampoco te han cortado el pelo”.

Ese día decidí que llevaría peluca.

10 de diciembre de 2019. No me desequilibres.

Cuando entres a un despacho y veas una caja de kleenex sobre la mesa, da por hecho que no te vas de allí sin llorar.

Fui a una asociación a preguntar si me podían recomendar algún especialista en pelucas. Nada más. Y tengo que decir, a favor de aquella muchacha (tan joven) y que no me conocía de nada, que sólo intentaba hacer su trabajo. Pero nada más a su favor.

Preguntas protocolarias: si iba a tener algún problema con el trabajo, si tenía ayuda, qué me había pasado… Sospeché que no tenía mucha experiencia por el tipo de comentarios que iba haciendo.

Hasta que empezó a hablarme de mis hijos. Y claro. Para mí ese tema era caliente y por mucho que intentara hacerme la fuerte, lo tenía cogido con hilos.

-“¿Y por qué quieres llevar peluca? Lo importante es que vayas cómoda y el pañuelo es lo mejor”.

-“Es por mis hijos. Sobre todo por el pequeño”.- (¿por qué estás opinando sobre mi decisión?).

-“¡Ah! Que tienes hijos. ¿Y cómo lo llevan ellos? Pero tienes que contarles que vas a perder el pelo, mujer. ¡Imagínate que un día te ven sin querer!. Que te vean con el pañuelo. ¡No pasa nada!. Habrá días que no podrás ni levantarte de la cama y te van a ver mala. Lo mejor es que lo sepan todo…”-

Más hablaba, más metía la pata. Y yo no podía cortarla y empecé a llorar.

¿Pero quién eres tú para remover mis fantasmas? ¿Quieres dejar de decirme lo que mis hijos van a ver? ¿Es que te crees que no vi yo suficiente? ¿Sabes cuántas noches he pasado llorando mientras oía a mi padre vomitar? ¿Quieres callarte de una puñetera vez?

Y la fiera se volvió a escapar.

-“¿Has convivido alguna vez con un enfermo de cáncer?”.- Me salió del alma. Hablé con mucha rabia. Negó con la cabeza sin decir palabra.

-“¿Eres psicóloga?”-. Le seguí preguntando.

-“No. Si quieres puedo concertarte una cita con ella.”.- La intuí feliz de estar acompañándome mientras lloraba.

Chica, no te estás enterando de nada. O me aportas, o te aparto. Y la aparté.

-“No. No hace falta. Yo sólo he venido aquí por si me podéis ayudar con el tema del pelo”.

Le di las gracias, me levanté y me fui.

A comprarme una peluca.

11 de diciembre de 2019. Comienza la cuenta atrás.

Nunca me ha gustado que me acompañen al médico, por muy dura que pintara la visita. Tampoco he necesitado que me arropen en ese sentido, sino todo lo contrario, he intentado proteger a los míos y evitarles malos tragos.

He respetado y aceptado siempre la decisión de Manuel de estar conmigo cuando ha querido. Pero también es cierto que, en cada ocasión, he intentado convencerlo para que no lo hiciera.

Me recibieron en la sala de tratamiento llamándome por mi nombre. Me presentaron al equipo que estaría conmigo en cada ciclo. Me ofrecieron tomar algo. Me explicaron cada paso con detalle: los síntomas, los efectos, mis sensaciones mientras me inyectaban la medicación, lo que pasaría aquel día, y al siguiente, y al siguiente… Durante tres horas me acompañaron cada minuto.

Salí de allí mareada y lo disimulé. Caminando recta por el pasillo, cogida del brazo de Manuel.

Sin cojear.

Ya quedaba un ciclo menos.

24 de diciembre de 2019. La familia

Cuando hablo de mi familia lo hago en sentido muy amplio. Somos muchos y es muy difícil que durante el año coincidamos todos al mismo tiempo. Excepto en Nochebuena.

Mi madrina, anfitriona maravillosa, no sólo nos deleita con su gran arte culinario (vaya manos en la cocina), sino que consigue acomodarnos en su casa, a los casi 40, para disfrutar de una noche mágica.

El despliegue que organizamos es monumental. Llegamos con las manos vacías porque desde días antes vamos llevando los regalos que terminan formando una montaña, en sentido literal, escondida estratégicamente para evitar la pillería de los más pequeños.

Ellos cenan primero, por cuestiones de espacio, y en cuanto se liberan empieza el juego. ¿Vendrá Papá Noël este año?. Durante dos horas los mareamos sin parar… Que si he oído un ruido, que si he visto el trineo por la ventana, que si en esta casa no hay chimenea… todo vale para alimentar la ilusión. Cada vez más nerviosos ellos, y los mayores, disfrutando una tradición que llevo saboreando desde que tengo conocimiento.

Suena el teléfono.

-“¡Ho, ho, ho!. ¿Dónde estáis que he ido a vuestras casas y no hay nadie?”

Se pelean por coger el teléfono unos. Otros huyen despavoridos. A saber lo que les va pasando por la cabeza. Jajaja. Se vuelven locos explicándole cómo llegar a la casa donde están. ¡No lo saben! Dicen los nombres de los que estamos allí para que no se olvide ningún regalo. Lo intentan. Se aturullan. Se aceleran. Lloran. Saltan. Gritan.

Viven.

Y momentos después se desata la locura. Regalos y regalos y más regalos que no saben de dónde han salido. Todos para todos.

Año tras año, mi mejor regalo no se puede envolver en papel de colores. Es el recuerdo del momento con todos ellos.

Y no sé cómo lo hacen, pero durante todo este proceso, han estado conmigo sin dejarse notar, haciéndome sentir arropada, consiguiendo a veces, que me olvide de la enfermedad.

Os quiero mucho familia. Os quiero y os necesito.

26 de diciembre de 2019.  No es así como me gusta enfrentarme a las situaciones.

Es increíble lo fácil que es de manipular una persona cuando no tiene firmeza emocional. Es la única explicación que le encuentro a este episodio. Que me pilló con la guardia bajada.

Si a mí me daba igual el pelo. Si la única razón por la que hacía aquello era para que mi hijo no llorara y siguiera acariciándolo por las noches. Si me hubiera rapado yo misma la cabeza y lo hubiera vivido como una experiencia más.

Pero no. Me metió en una sala sin espejo. Me dijo que era mejor así. No sé por qué la creí. La creí cuando me dijo que era mejor no verme rapada. Saldría con la peluca puesta, fija, y no notaría ni el cambio. Y así fue.

Pasó la maquinilla. Habilidosa. Cambió un pelo por otro y salí igual que entré.

Salí igual que entré para el resto del mundo, pero para mí no. Yo sabía que aquello no era mío y era el precio que tendría que pagar por intentar normalizar la situación en mi casa.

Me cogí del brazo de Manuel y me fui a pasearme por la ciudad. Arrepentida por haber consentido que no me dejaran enfrentarme a aquello.

Me hizo sentir cobarde y no me gustó nada. Lección aprendida.

31 de diciembre de 2019. Querido abuelo.

Si la fiesta de Nochebuena es divertida, la de Nochevieja no tiene nada que envidiarle.

Toca la gran familia de Manuel. Otro sarao importante. Adoro acudir a los sitios donde sé que tengo las risas aseguradas.

Mi suegro preside la mesa, orgulloso de su familia. A su lado ella, mi suegra, un ángel que cayó del cielo y me he encontrado yo.

La cena se suele alargar tanto que llegamos muy justos a las uvas. Han precedido varias horas de conversaciones y risas. Muchas risas.

Comienzan las prisas. Cuento las uvas de mi copa y me doy cuenta de que alguien ya se ha comido alguna. Se acercan las doce. ¿Quién tiene el mando? Están repasando los vestidos de las presentadoras. Comienzan los cuartos y el zapping sigue. Protestas. Aprovecho el jaleo para robarle las uvas a otros. Nunca estoy segura de cuántas me acabo comiendo.

También hay regalos porque viene el “amigo imposible”, jeje, como lo llaman los más pequeños, pero no es ese el centro de la fiesta.

Hay una tradición bonita. Se trata de agasajar al abuelo para que “suelte” el aguinaldo. Es la noche del arte. Los pequeños, y no tan pequeños, han preparado actuaciones para él, que disfrutamos todos. Poesía, villancicos, bailes, rap… lo vienen ensayando durante semanas. Después de cada aplauso se le acercan felices, para escuchar atentos su valoración y darle un beso y un abrazo. Él no disimula, es feliz, y en la mayoría de las ocasiones tiene que recordarles, mientras ríe a carcajadas, que vuelvan a por el billete que se han dejado olvidado.

Volvíamos a casa muy entrada la madrugada. Los críos durmiendo en el coche.

-“¿Cómo te encuentras?”

-“Bien. Me fastidia un poco tener que retirarme y no poder abrazar ni besar a la familia, pero bueno… El año que viene”.

-“Tus cuñadas me han dicho que te han visto muy bien. También me han preguntado si es que la quimioterapia no te iba a afectar al pelo”.

Lo miré sorprendida. ¿Nadie se había dado cuenta?

Nos reímos mucho.

2 de enero de 2020. No me meto en ese saco.

Subí las cuatro plantas por la escalera, en busca de mi segundo ciclo. Me dijeron que me metiera en la sala de espera hasta que me llamaran por megafonía.

Lo hice obediente. Me dediqué a observar lo que tenía a mi alrededor. Y no me gustó.

Silencio. Enfermos y acompañantes en silencio. Miradas perdidas o fijas en la pantalla de un móvil. Nadie hablaba. Me iba fijando, uno a uno, en sus caras, intentando adivinar lo que había allí dentro. Apatía. Tristeza. Resignación. Dolor.

Por un momento imaginé que yo también podría llegar a estar así y me agobié. No quería meterme en ese saco.

-“Manuel, salgo al pasillo a dar una vuelta”.- Tenía que huir de allí.

No pasó ni un minuto y me interceptó la guardia pretoriana.

-“¿Necesitas algo?”.

-“No. Gracias. Estoy esperando a que me llamen por megafonía”.

-“Quédate en la sala de espera y ahora te llamamos”.

¡Uy! Inicio de problema.

-“Eso no es posible”.

-“¿Por qué no? Hay sitio. Lo que no puedes es estar por el pasillo”.- Mantenía un tono amable.

¿Que no puedo? Mírame cómo lo hago.

Tiré de aspaviento teatrero. Miré a derecha e izquierda de forma exagerada, buscando a alguien que no había, por si pudiera escucharnos. Me acerqué a su oído y le dije en voz baja.

-“Fíjate. Esa sala está llena de gente enferma. Y yo estoy bien. Y temo que, si espero ahí dentro mucho tiempo, me lo van a acabar pegando”.

El interior de la sala de espera se veía desde allí. Miró conmigo y vio lo que yo. Hay veces que tienes una cosa delante todo el tiempo y no la ves hasta que te piden que mires.

-“Por favor”.- Le sonreí.

-“Está bien. Pero quédate por el rellano. Subiré la megafonía para que la puedas oír desde allí”.

 5 de enero de 2020. La noche de la ilusión.

Conseguimos sillas para la cabalgata de Reyes a sabiendas de que yo no podría estar. El reciente ciclo me dejaría tumbada. Se encargó Manuel, en pie desde las cinco de la mañana, de llevar al pequeño ilusionado y al mayor a regañadientes.

Después de ver el desfile, como cada año, irían con los primos a la casa de los abuelos, para cenar pasteles de carne y comer el tradicional roscón.

Suelo preparar los Reyes con tiempo y mucho cariño. Tres Reyes. Tres regalos para cada uno. El primero ha de ser práctico y necesario. Un segundo educativo. El tercero lo tienen que estar pidiendo y deseando durante meses. Es el paquete del grito cuando rasgan el envoltorio…

La enfermedad no me había dejado preparar esa noche como a mí me gusta. No habría tres, sino un regalo práctico y necesario, para cada uno. Tuve las fuerzas justas para cubrir el expediente y nada más. Así se lo hacía saber a mi hijo mayor desde días atrás. Este año, no debía esperar gran cosa.

Aproveché su ausencia para bajar al trastero, arrastrando los pies. Subí a casa los cuatro tristes paquetes de ese año y los escondí en el armario, dejándolos al alcance de Manuel para que, horas después, hiciera la magia.

Llegaron muy tarde. El pequeño emocionado y el mayor alimentando la ilusión de su hermano. Manuel estaba agotado.

Prepararon el escenario. Un cubo con agua y otro con hierba fresca en el balcón. Un plato de galletas y tres vasos de leche. Por fin se fueron a la cama. Los nervios no dejaban dormir al pequeño y el mayor le daba juego.

-“Voy a acostarme un rato. Necesito descansar un poco”.- Manuel no podía más. Lo entendí perfectamente. ¿Cómo iba a decirle que no?.

-“No te preocupes. Yo me encargaré de todo”.- También me acosté, escuchando las risas desde la cama, esperando a que se quedaran dormidos.

Pero la que se quedó durmiendo, fui yo.

6 de enero de 2020. No me lo puedo creer.

Si yo siempre me levantaba la primera. Si desayunaba tranquila y me dedicaba a hacer ruido para que se despertaran… y me metía corriendo en la cama, simulando estar dormida, hasta que aparecían locos en la habitación al grito de “¡Han venido los Reyes!”.

Esta vez el salto lo di de verdad. Me sobresalté cuando los oí jalear y en un segundo recordé que me había quedado dormida. Que no había puesto nada bajo el árbol de Navidad. Que todo era un desastre absoluto.

Desperté a Manuel como pude, buscando a mi aliado, pensando rápido cómo solucionar aquello. Creí encontrar la manera. Iríamos al salón, Manuel los entretendría averiguando lo que había podido pasar y yo mientras sacaría los paquetes del armario y los dejaría en otra habitación… Ya inventaría alguna explicación para que las galletas, la leche, la hierba de los camellos… todo siguiera igual como lo había dejado el pequeño.

Y cuando entré al salón no me lo pude creer.

No había leche. Ni galletas. Ni agua, ni hierba. Nada.

Bajo el árbol mis cuatro tristes paquetes acompañados de muchos más.

Manuel y yo nos miramos intentando encontrar una respuesta y me negó con la cabeza confirmando un “no tengo nada que ver con esto”. El pequeño inmerso en la locura, a puro grito, leyendo los nombres de los paquetes y repartiendo a diestro y siniestro. Su hermano disfrutando… orgulloso y feliz. Satisfecho de lo que había hecho.

Aprovechó el primer momento para darme su explicación. Susurraba emocionado.

-“Me ayudó el padrino con las compras. Lo vuestro sé dónde lo escondéis siempre”.-

¿Cuándo te has hecho mayor, hijo mío?.

No me he dado cuenta…

6 de enero de 2020. Aniversario

El día de Reyes, para mí, es agridulce.

Me encanta la parte de la ilusión de mis hijos por los regalos, pero una vez terminado ese momento, el resto del día lo llena el triste recuerdo de la ausencia de mi padre.

Era un hombre extraordinario. El más extraordinario que jamás haya conocido. No me canso de recordarlo. No me canso de vivirlo de nuevo. Y no es cuestión de engrandecerlo atribuyendo cualidades exageradas al recuerdo de quien he querido tanto, sino que la realidad es que dieciocho años después, aún sigo conociendo a gente con quien se cruzó en el pasado y, orgullosa, les escucho frases dedicadas a un hombre que no dejó indiferente a nadie. “Tu padre era una persona excepcional” “Lo recordamos continuamente” “Era un hombre único”.

Pues sí. Una persona de orden. Así era él. Como nos pedía a sus tres hijos que fuéramos: personas de orden.

Pero se marchó y nos dejó un vacío que no conseguimos llenar con nada. Un enorme vacío que la sacude sobre todo a ella, a mi madre, que lo añora cada segundo, totalmente perdida. Que aún hoy se sigue preguntando, con un dolor que la atraviesa, por qué se tuvo que ir el amor de su vida. Dejándola sola. Tan sola.

El día de Reyes era su aniversario de boda y seguimos comiendo juntos. Sin celebrar nada ya, porque duele. Me arreglé como pude y saqué fuerzas de donde no las había para acompañarla a ella, para intentar que se sintiera un poco menos sola, pero sin poder dejar de pensarlo a él.

Este año lo he echado más de menos que nunca.

9 de enero de 2020. Aaaaaarrrrggggg. ¡Pica! ¡Pica! ¡Pica!

Quedamos en que nos veríamos cada tres semanas. Al llevar el pelo fijo, yo misma podía lavarlo en casa, como si nada. Sin embargo, tenía que ir para que lo quitaran, me trataran con productos específicos y volvieran a colocar. No aguanté las tres semanas.

 -“Me pica un montón la cabeza. Yo esto no lo soporto. Qué necesidad hay de pasarlo mal”.

-“Que no, mujer, eso sólo son los primeros quince días. Ya verás que a partir de ahora ni te enteras”.

-“Quiero poder quitarme y ponerme la peluca yo sola”.

-“No es una peluca, es una prótesis capilar. No es tan sencilla de poner. Es mejor que vengas, o si no voy yo a tu casa, no tengas ningún problema”.- Hablaba con ese tono tan dulce… seguía insistiéndome en que no me viera…

Pero esta vez no le iba a resultar tan fácil.

-“¿Prótesis capilar? Qué nombre tan feo. A partir de ahora pienso llamarla pelos postizos”.- Si digo que lo hago, lo hago.-“Quítame los pelos postizos y enséñame a ponérmelos. Quiero verme”.

Seguía argumentando sus propios porqués, intentando convencerme para que lo hiciéramos a su manera, con esa voz tan dulce. Cuando terminó de quitarme los «pelos postizos» busqué a mi alrededor y no vi el espejo de mano. Me levanté de un salto de la silla y salí de la cabina, a zancadas, como me gusta andar a mí, directa a su despacho. Recordé que allí sí había espejos. Casi no le dio tiempo a reaccionar. La pobre corrió tras de mí, cerrando puertas de cabinas colindantes, pidiéndome que esperara, sin conseguir alcanzarme.

Cuando lo hizo, yo ya estaba mirándome al espejo, con una sonrisa de oreja a oreja, pasándome las manos por la cabeza.

-“¿Qué? ¿Qué te parece?”.- Se quedó callada. No sé si es que esperaba que me echara a llorar o qué. –“¿Has visto lo guapa que estoy con la cabeza rapada?”.

Con bastantes sentimientos encontrados estoy luchando ya como para que alguien se empeñe en meterme miedo. Aunque sea con la mejor de las intenciones. No voy a consentirlo. Mi manera de ser feliz es darle a cada cosa la importancia que tiene.

Mi importancia. No la de los demás.

28 de septiembre de 2019. Tú ganas.

Durante los primeros días de esta locura, mi cabeza iba a una velocidad de vértigo entre lo mejor y lo peor. Ganaba siempre el lado práctico: hay que solucionar esto, tengo que terminar aquello, el trabajo, los críos… toda una vida puesta patas arriba. Resolver. Solucionar. Atar cabos sueltos.

Uno de esos cabos era mi situación de pareja. No estaba casada. No lo estaba por cuestión de principios. Por gustarme la sensación de sentirme, por encima de todo, libre. Por no querer ser protagonista de ningún evento. Porque mi padrino natural ya no me llevaría del brazo. Por mil razones y porque me daba la gana.

Llamé a uno de los mejores amigos de mi hermano. Íntimos desde que iban al colegio. El trasto que finalmente se convirtió en un gran abogado.

-“Prepárame los papeles para casarme”.

-“¡Qué me dices! ¿Tú? Me estás gastando una broma o algo ¿La eterna soltera? Espérate que me siente que me está dando un mareo ¿Dónde se han quedado tus discursos sobre que tú no haces lo que el resto del mundo y que jamás ibas a hacer el paseíllo?”.- Soltó una carcajada.

-“Déjate de cachondeos. No pienso hacer el paseíllo. Me caso por un asunto de practicidad. Quiero casarme el mes que viene”.

-“¡Llevo quince años luchando contigo para que formalices tu situación y ahora me vienes con estas prisas!. Seis meses no te los va a quitar nadie. ¿Te ha dado un ataque de amor o algo?”.- Seguía riendo después de cada frase, saboreando el momento en el que me veía claudicar ante lo que tantas veces me había aconsejado que hiciera. Las mismas que yo me había negado.

-“No. No se trata de nada de eso. Ya me conoces. Soy todo lo contrario a una mujer romántica.- Tomé aire. -“Me acaban de diagnosticar un cáncer. Si me muero, que Manuel tenga pensión de viudedad. Dime qué tengo que hacer.”.

Lo oí tragar saliva. Le hice jurar que no le diría nada a mi hermano. Ni a nadie.

11 de diciembre de 2019. Menuda casualidad.

Recibimos el comunicado del Juzgado para presentarnos allí, Manuel y yo, precisamente el mismo día y a la misma hora que tenía mi primer ciclo. Mi amigo, el abogado, quedó en presentarse allí primero, hablar con el funcionario y explicarle la situación. Recibí un WhatsApp mientras me colocaban la vía: “Todo solucionado. Vente en cuanto acabes. Os espero en el bar”.

Nos recibió con una sonrisa. Me preguntó mil veces si me encontraba bien.

-“Estoy estupenda, pero vamos a intentar ser rápidos porque puedo acabar montando el numerito”.

Intentaba andar recta y era imposible. Me iba de un lado a otro como si estuviera borracha. Manuel me agarraba por la cintura y a mi me daba el ataque de risa, impotente por no poder controlar la situación.

Pasamos el trámite con la funcionaria. Nos preguntó si queríamos alguna fecha especial para la boda. Contestó mi amigo.

-“La formalización se va a realizar sin ceremonia. Será ante notario”.

-“En ese caso…”- La funcionaria pasaba hojas de su agenda- “… si se trata solamente de venir a recoger la documentación, tengo un hueco libre el 14 de febrero. Tenéis que estar aquí a las nueve en punto. Ese día tenemos muchas bodas”.

Me puse a echar cuentas y calculé que me tocaba ciclo el 12 de febrero. Quizá no estaría en condiciones. No me dio tiempo a contestar. Mi amigo se adelantó.

-“¡Oh!. Sí, sí, apunta el 14 de febrero. ¡Qué fecha tan bonita! Hablaré con el notario para ir a firmar ese mismo día ¡Vais a celebrar vuestro aniversario el día de los enamorados!”- Me miraba con esa sonrisa malvada suya. Disfrutando de su venganza.

(“-Algún día me llamarás para pedirme que te arregle los papeles-”. “-Olvídate letrado. Táchame de tu lista de inconscientes, que yo no pienso casarme nunca-”. Habíamos tenido esa conversación mil veces).

Solamente podía reírme. Ya no tenía fuerzas ni para protestar. ¿En serio? ¿El día de los enamorados? ¡Si yo no he celebrado nunca ese día! ¡Si me he reído hasta no poder más de los que van por ahí con las rosas en la mano!

-“¡Qué suerte! Seguro que hay un montón de parejas que se querían casar ese día y no han podido”- Se reía provocándome. Esperando mi respuesta jocosa. Pero yo no daba más de sí.

-“Que sea lo que Dios quiera”.- Suspiré.

-“¡Anda! ¿También te has vuelto religiosa?”

Estábamos de buen humor

 

21 de enero de 2020. Pues va a ser que sí.

Los primeros cuatro ciclos serían cada tres semanas. Iba martes para analítica y visita al oncólogo. El miércoles tocaba tratamiento. Luego venían 7 días malos, otros 7 regulares y cuando empezaba a ser persona… ya estaba otra vez con el brazo preparado para la siguiente vía.

Ese martes los resultados no fueron buenos y decidieron retrasar el ciclo hasta el miércoles de la semana siguiente.

Me puse a echar cuentas y llamé a mi amigo/abogado.

-“¡Sorpresa!. Lo del 14 va para adelante. Acaban de moverme un ciclo”.

-“Genial entonces. Menos mal que no cambiamos la fecha. Voy a ir preparando todo con el notario. Necesitamos dos testigos. Dame nombres”.

-“Pues tú y tu mujer. De esto no se puede enterar nadie. Es un mero formalismo. Ya se lo comunicaré a la familia cuando crea que es el momento.”

No me llevó la contraria.

12 de febrero de 2020. ¿Y por qué no?

Era el cumpleaños de Manuel. No teníamos previsto hacer nada especial. Ese día trabajaba y la fiesta se limitaría a soplar las velas con los críos.

La celebración se trasladaba al sábado por la noche. Hablamos de organizar una cena en casa de sus padres, con su familia y la mía. Al brindar, daríamos la noticia a todos de que nos habíamos casado.

Se me cruzó el cable.

Me planté esa misma mañana en un restaurante al que íbamos con frecuencia. Hablé con la encargada. Nos conocíamos de vista.

-“Necesito una mesa para el sábado por la noche”

-“¿Para cuántos?”

-“Diecisiete adultos, dos adolescentes y cuatro niños”.

-“Imposible. Tenemos cena especial por el día de los enamorados. Está casi todo reservado. Puedo hacerte un hueco para unas seis personas… pero no más”.

Me empecé a reír.

-“¡Imposible no hay nada!. Mira, voy a contarte lo que pasa. Hoy es el cumpleaños de mi futuro marido. Me caso con él dentro de dos días. No lo sabe nadie. Es un secreto.”- Me miraba con los ojos como platos.

-“¿Te casas el viernes y el sábado vas a organizar una fiesta de cumpleaños?”.

Yo seguía riéndome.

-“Sí y no. Déjame que te explique. La boda es un secreto. El sábado reuniremos a toda la familia, con la excusa del cumpleaños de mi futuro marido, y les daremos la noticia. Teníamos previsto hacerlo en la casa de mis suegros, pero he pensado en organizar la cena aquí. La familia vendrá pensando que es una fiesta sorpresa para Manuel, pero los sorprendidos serán ellos cuando descubran que realmente es una boda. Y Manuel cree que la cena es en la casa de sus padres y no se espera que le esté organizando una fiesta sorpresa aquí. ¿Me entiendes? ¡Todos creen que van a sorprender a los demás y aquí la única que va a sorprender a todos soy yo!”.

Nos reímos juntas.

-“Vaya lío que estás montando.”- Seguía riéndose. –“No te preocupes. No sé todavía cómo voy a encajar a tanta gente, pero cuenta con que lo haré”.

Nunca pensé que organizar una boda fuera tan fácil.

Me fui a comprar los anillos.

14 de febrero de 2020. Papeleo.

Dejamos a los críos durmiendo y nos fuimos al Juzgado a por la documentación que nos permitía casarnos. No iban a ir al cole. Estarían presentes en el momento de la firma como testigos excepcionales. Ellos no tenían ni idea. Me hacía mucha ilusión.

Quedamos con mi amigo/abogado. Le llevaría la autorización del Juzgado a su oficina para que, a su vez, se lo mandara al notario. Así irían adelantando.

No pudimos aparcar. Manuel se quedó en doble fila. Bajé del coche para encontrarme con él.

-“Toma. Esto es lo que me han dado”.- Le di el sobre tal cual lo recogí yo.

-“Espérate que mando el fax y te lo devuelvo. El original se lo tienes que dar al notario o no te casa”.

Una furgoneta comenzó a pitar. El coche de Manuel molestaba. Empezó a hacerme gestos para que me diera prisa.

-“Quédatelo. Me lo das luego cuando nos veamos. El coche molesta, nos tenemos que ir”.

-“Entonces nos vemos a la una en punto en el bar que hay bajo la notaría. Por favor, no llegar tarde. Es viernes y el notario se va pronto. Que no se os olvide el DNI”.

Dijo la última frase gritando, mientras yo corría hacia el coche.

14 de febrero de 2020. Los planes que hice…

Dentro de lo extraño de la situación, pensé en preparar un momento bonito, sobre todo por los críos.

Redacté un documento a modo de acta notarial, donde los pequeños hacían de testigos y además, nos daban el consentimiento para casarnos. Ellos también firmarían.

El notario, un hombre muy enrollado, sería nuestro cómplice. Les pediría sus DNI para darle al momento un poco de solemnidad. Sería divertido.

Luego nos iríamos a comer (nuestro testigo también traía a sus dos pequeñas al acto) y fin de la ceremonia secreta.

Pero a mí las cosas no suelen salirme como las planeo…

14 de febrero de 2020. 12:15

No dejaba de meter prisa a Manuel para ser puntual. Llegamos al centro de la ciudad con tiempo suficiente. Nuestro abogado se negaba a cobrarnos por sus servicios y pensamos en darle una tarjeta regalo. Fui a comprarla mientras Manuel aparcaba con los pequeños. Nos veríamos en el bar.

Hice las gestiones. Paré también en un cajero. No me fijé si alguien me seguía.

A las 12:40 estábamos en la barra del bar y pedimos unas cervezas y unas tapas, mientras esperábamos a nuestros testigos. Y ocurrió.

Tengo la costumbre de sentarme siempre sobre el bolso cuando estoy en un bar. Fue un segundo. El pequeño me pidió que le cortara un trozo de pulpo. Me levanté del taburete para poder hacerlo mejor. Y cuando me senté… noté que el bolso no estaba.

Di un grito “¡Me han robado el bolso!”.

Fueron momentos de mucha confusión mientras iba entrando en estado de cólera.

-“¡Maldita sea! ¡Malditos sean! ¡Me caso dentro de quince minutos! ¡Se lo han llevado todo! ¡La documentación, los anillos, los regalos, todo…!”

Mis hijos se enteraron de ese modo de por qué estábamos allí y de cual era la sorpresa que íbamos a darles… El pequeño se puso muy nervioso… Manuel salió con rumbo desconocido intentando recuperar lo imposible…

 

14 de febrero de 2020. 12:50

Apareció en ese preciso momento mi abogado/amigo/testigo y no daba crédito a lo que estaba viendo. Me dirigí a él.

-“¡Que no me puedo casar! ¡Que me acaban de robar el DNI!

-“¡No me fastidies!”.

Sacó el teléfono y llamó a la notaría para contar lo que acababa de ocurrir. Solamente escuchaba media conversación.

-“Sí. Vale. Que lo del DNI no es problema porque de la vez anterior lo tenéis digitalizado y hay copia validada por el notario”- Repetía lo que le decía el administrativo para que me fuera enterando. Resoplando –“Que lo único que necesitáis es el original del Juzgado. Vale.”- Esta vez sí que resopló de desesperación.

Nos miramos cayendo en la cuenta. Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó el sobre.

¡Mi sobre!.

-“Has estado a esto de escaparte. ¡A esto!”- Hizo un gesto cerrando su índice y su pulgar –“Mira que eres difícil para hacer las cosas. Llama a tu futuro marido y dile que venga aquí ya. Dentro de cinco minutos te caso. ¡Vaya que si te caso!”.

-“Llámalo tú que en mi bolso también estaba el móvil”.- Me reí –“Y que sepas que también iba una tarjeta regalo que te habíamos comprado. ¡Te fastidias!”.

 

14 de febrero de 2020. 13:10

Si alguien me pregunta alguna vez si me puse nerviosa justo antes de casarme, le contestaré que estaba tan ocupada anulando tarjetas y bloqueando teléfonos, que no tuve ni tiempo.

Ni grabamos video.

Ni hicimos fotos en condiciones.

Ni les pidieron los DNI a mis hijos (también se los llevaron los ladrones).

Ni me enteré de lo que leyó el notario. Firmé cuando y donde me dijeron y se acabó la historia.

Cuando pisamos calle, llegó la gran pregunta.

-“¿Vamos a la comisaría a poner la denuncia?”.

-“Ni hablar”.- Contesté rápido. “-Nos vamos a comer que nos acabamos de casar y luego ya iremos tranquilamente a poner la denuncia”.- Me reí. “-Invita mi marido, que no tengo cartera”.

Manuel me miró con expresión divertida. Seguí con las bromas. Nadie me iba a amargar el momento.

-“Cariño. En la riqueza y en la pobreza. Acabas de decir que sí”.-

-“¡Pues sí que he hecho un buen negocio!.-

Nos reímos.

 

14 de febrero de 2020. Sobremesa.

Comimos muy bien. Nuestros testigos intentaban llevarse la conversación lejos del desafortunado suceso. Pero era inevitable que, en algún momento, volviera a salir.

-“No les deseo que les ocurra nada malo en la vida. Solamente lo mismo que a mí. Ni más, ni menos”.- No se me iba de la cabeza cuando el chico del bar me enseñó las imágenes de las cámaras en su móvil y veía impotente como, en un segundo, habían sido capaces de llevarse tantas cosas. De robarme un momento de felicidad. De robárselo, sobre todo, a mis hijos. “-Pero qué le vamos a hacer. Así me suelen salir las cosas a mí. A base de traspiés”.

Mi amigo/abogado/testigo, opinó.

-“Lo que es increíble es la suerte que tienes. Han pasado todas las cosas posibles para que no pudieras casarte hoy. Y van y te cambian la fecha del tratamiento. Te roban el DNI, y resulta que en la notaría tenían la copia validada por el notario. Lo más normal es que el documento del Juzgado lo llevaras también en el bolso y ¡zas!, lo tengo yo en el bolsillo porque esta mañana no te lo has podido llevar. Increíble”.

-“Pero todas esas cosas me pasan porque soy el número 11”.- Pusieron cara de extrañados y seguí con la explicación. “-Algo que me contó una compañera sobre mi fecha de nacimiento, que me da súper poderes. Creo. No lo entendí muy bien”.- No reímos. “-¡Ah! Y que soy grupo sanguíneo cero negativo-”.

-“¿Y eso qué tiene que ver?-“. Replicaron.

-“¡Hombre! ¡Pues mucho! Porque una como yo solamente nace una vez cada mil años”.

Nos reíamos mucho. Manuel sentenció.

-“Pero mírala como al final se ha salido con la suya. Sigue sin llevar el anillo en el dedo”.

Mis manos, a día de hoy, siguen estando libres.

 

1er pensamiento: Disfrutar

Este año nos ha demostrado que debemos de disfrutar el presente, recordar con intensidad el pasado y crear un nuevo futuro.

Por eso he decidido crear álbumes con mis vivencias, con las personas importantes de mi vida, con los sitios que me han marcado y me han hecho vibrar y disfrutar, con aquello que me ha hecho llorar, reir,con las imágenes que me siguen sorprendiendo y emocionando ….y compartirlo…..

Hoy es importante, mañana es importante, tú decides como lo quieres vivir.

2º pensamiento: 14 de Mayo

14 de Mayo de 2018, este día me recuerda que llevo 4 años con aquel desconocido que un día irrumpió en mi vida y que la ha estado compartiendo desde la siguiente semana de conocernos.

Han sido cuatro años de subidas y bajadas emocionales, de vivir, de sentir, de tener miedo y frustración, pero sobre todo, han sido cuatro años donde la complicidad y el amor nos ha ayudado a superar todo lo que se nos iba presentando.

Fue una relación que se inicio con miedos, con miedos por la diferencia de edad, por los diferentes estilos de vida, por nuestra situación personal, por las diferencias….. y eso es lo que posiblemente hizo que funcionase, porque en la diferencia encontramos lo igual, lo que nos unía, lo que nos hacia compatible, lo que nos fortalecía.

De la diferencia nace lo bello, lo eterno, lo verdadero.

3er pensamiento : El valor de la lealtad en tiempos de crisis

Si siempre es importante para un equipo , una organización o una simple relación mantener unos niveles sanos de lealtad y humildad, mucho más cuando aparecen situaciones de crisis como la que hemos vivido.
En estos meses hemos tenido que  trabajar codo a codo, tomando decisiones complicadas y asumiendo muchas decisiones criticas.
En estos momentos de covid19 he aprendido que es muy fácil salir exitosa en la gestión si a tu lado existen personas leales, con la que puedes andar el camino sin miedo a tomar decisiones, porque pase lo que pase siempre estarán ahí, y que por contra, todo es más complicado cuando  tienes cerca personas que se paralizan con la toma de decisiones y no asumen riesgos por miedo a equivocarse.
Por todo ello, el covid a puesto en valor aspectos que parecía que se habían olvidado y quiero animaros  a que os rodeeis de ese tipo de personas, confiables,y que recuperemos en nuestras organizaciones, nuestros grupos de amigos, nuestras parejas  esos valores olvidados , porque apostar por la lealtad y la humildad os harán más grandes y os ayudaran a convertir  lo difícil en fácil.

Ama la vida que tienes para poder vivir la vida que amas.

 

 

En este blog me gustaría compartir idea sobre como vemos y trabajamos desde los departamentos de Recursos Humanos, como los entendemos, como gestionamos y como vemos el presente y el futuro de la gestión de las personas en las empresas. Cual es y será nuestro papel.

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